Este titular, que da nombre a una de las más famosas novelas de la escritora inglesa Jane Austen, es el perfecto adjetivo para mi aportación de esta semana.
El pasado día seis fui invitado, junto con todo mi familia, a la boda de mi prima carnal con su novio de toda la vida.
Durante la ceremonia religiosa me tocó subir al altar a leer, junto con otro de mis primos, unas cuantas frases de esas en las que terminas diciendo: "Roguemos al Señor".
El novio, ahora marido, de mi prima es madrileño e invitó a la celebración, como es normal, a todos sus familiares y conocidos, todos ellos de Madrid. No es que tenga ningún PREJUICIO contra los madrileños, pero eso no quiere decir que ellos no los tengan hacia mí.
Durante la cena en el restaurante, como es típico en cualquier boda, mis primos y yo gritamos esa socorrida frase de: ¡Vivan los novios!, con un resultado catastrófico. Uno de los pijos madrileños que ocupaba la mesa de al lado nos mandó callar. A buenas horas se le ocurrió, porque a ORGULLOSOS no hay quien nos gane.
Nos ganaban en número, ellos ocupaban catorce mesas y nosotros solo dos, pero las suficientes para estar toda la noche cantanto y gritando para incomodar a aquella panda de creídos que parecía que nunca se lo habían pasado bien en su vida.
Esta es mi particular visión de una boda: hay que para divertirse y celebrar el tan utópico y mágico amor y no para que te manden callar, para eso mejor quédate en casa.
Débora Vallejo
El pasado día seis fui invitado, junto con todo mi familia, a la boda de mi prima carnal con su novio de toda la vida.
Durante la ceremonia religiosa me tocó subir al altar a leer, junto con otro de mis primos, unas cuantas frases de esas en las que terminas diciendo: "Roguemos al Señor".
El novio, ahora marido, de mi prima es madrileño e invitó a la celebración, como es normal, a todos sus familiares y conocidos, todos ellos de Madrid. No es que tenga ningún PREJUICIO contra los madrileños, pero eso no quiere decir que ellos no los tengan hacia mí.
Durante la cena en el restaurante, como es típico en cualquier boda, mis primos y yo gritamos esa socorrida frase de: ¡Vivan los novios!, con un resultado catastrófico. Uno de los pijos madrileños que ocupaba la mesa de al lado nos mandó callar. A buenas horas se le ocurrió, porque a ORGULLOSOS no hay quien nos gane.
Nos ganaban en número, ellos ocupaban catorce mesas y nosotros solo dos, pero las suficientes para estar toda la noche cantanto y gritando para incomodar a aquella panda de creídos que parecía que nunca se lo habían pasado bien en su vida.
Esta es mi particular visión de una boda: hay que para divertirse y celebrar el tan utópico y mágico amor y no para que te manden callar, para eso mejor quédate en casa.
Débora Vallejo

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